martes, 21 de octubre de 2008

Gâteau de pommes de terre

Tantos años de ir y venir a Francia han dejado una profunda huella en mi. Esas tardes de otoño arremolinados junto al fuego del hogar, con el exquisito aroma de las tartas de Annick. De ruibarbo, de ciruelas… mi preferida siempre fue la de manzana. Con su amor silencioso, ella me preparaba varias, le gustaba ver mi expresión glotona cuando las colocaba en la mesa, y siempre insistía en que cogiera un trozo más.
Fuera, el frío silenciaba cualquier atisbo de vida. Paisaje de verdes infinitos que se van desnudando para dejar paso a naranjas, rojos, amarillos brillantes… escarcha de plata que lo envuelve todo… viento que juega con los cabellos del bosque, cantando a las hadas… Dentro, la chimenea encendida nos mantiene cerca los unos de los otros.

Me gustaba ayudarla a preparar la masa para el gatêau de pommes de terre, por la mañana, después de un copioso desayuno. Harina, margarina fría hecha trocitos, sal, una cucharada de agua… y el tiempo necesario para mezclar los ingredientes. Un delicioso olor va impregnando la estancia. Esa vieja casa de piedra no hubiera sido nada sin la cocina de Annick, que atraía a primos, hermanos y otros parientes no identificados, siempre había un motivo para la celebración.

Sigo preparando esta receta con el mismo cariño de entonces, y cada vez que lo hago me acuerdo de aquellos cálidos momentos. Si cerrais los ojos cuando estéis horneando el pastel, podréis ver aquella vieja chimenea de piedra, cubierta de hollín, testigo de tantos encuentros y desencuentros a lo largo de los años.

Se trata de una receta tradicional francesa, de la región de Auvergne. Es una de mis preferidas, espero que os guste.

Ingredientes

- Unas 4 patatas grandes
- 1 brick de nata de soja (200 ml)
- 1 manojo de perejil
- 1 cebolla
- 2 láminas de masa de hojaldre (si os animáis, preparad vosotros la masa)
- Sal, pimienta
- 1 huevo (opcional)

Preparación


Cubrimos un molde de quiche con una lámina de hojaldre. Pinchamos bien con un tenedor.

Pelamos las patatas y las partimos a rodajas finas, como para tortilla.
Picamos la cebolla a trocitos pequeños, y el perejil.
Mezclamos las patatas con la cebolla, el perejil, la sal y la pimienta.

Ponemos la mezcla de patatas en la fuente con el hojaldre, sin que sobrepase el borde, pues tardaría mucho en cocer. Añadimos por encima la nata de soja.
Cubrimos con la otra lámina de hojaldre, sellando bien el conjunto.

Con un vasito pequeño hacemos un agujero en el centro a modo de chimenea, desplazando ligeramente el disco de masa recortado. Pintamos con huevo batido y horneamos a 180ºC, aproximadamente 1 hora y media (pinchamos en el centro con un tenedor para ver si la patata está blanda, momento en que estará lista la tarta).

Bon appetit!



Hoy no ha salido el Sol

Hoy no ha salido el sol, y yo no me acabé de despertar. Esta mañana, los números patinaban en mi mente, se fundían con el gris de las cortinas, del plomizo cielo que parecía ir a caer sobre nuestras cabezas de un momento a otro, de la ávida moqueta que engulle cada paso y lo destierra al silencio, ese silencio ensordecedor que nos acompaña un día tras otro…
A veces me cuesta creer la realidad, y continuar el camino, sembrado de tantas piedras… Por la tarde, intento que me citen unas pruebas pendientes, 4 meses ya de retraso. Termino con lágrimas en los ojos, por la negligencia ajena, la impotencia, la desesperación que se manifiesta como tremendo dolor de cabeza.
Pero sólo hoy, porque el sol no salió.

Aunque cuando volvía a casa por la autopista, la música de Tom Waits a tope, el acelerador a fondo… el día me tenía reservada una sorpresa: un precioso disco naranja se desvanecía entre las montañas violetas del horizonte. Enorme y brillante, sonriendo en su despedida. Parecía que el coche iba a alzar el vuelo de un momento a otro, siguiendo la estela del astro luminoso, mientras un cariñoso calor acariciaba mis mejillas, desconcertadas ante un cuadro tan sublime.


miércoles, 15 de octubre de 2008

En lo profundo del Valle de la Luna

En lo profundo del Valle de la Luna, los relojes se detienen. A veces aparecen nubes negras y el cielo parece desplomarse.
En el Valle de la Luna, algo muere.
Me asaltan los temores más oscuros, el ritmo vital decrece, como presagio del Negro.
Sólo a veces.

Cuando sale el Sol, el Valle de la Luna derrama flores. Suena el agua. Suena el campo. Se percibe cada brizna de hierba acariciada por el viento. Una extraña conexión con el Mundo se establece. El Amor lo inunda todo, me posee. Soy una partícula más del Todo, y éste, un reflejo de mí misma. Necesito compartirlo.


lunes, 13 de octubre de 2008

La música


Si de algo no podría prescindir es de la música. Nada hay tan maravilloso, tan sublime. Para ordenar el caos, para expresar la alegría, la tristeza, el fuego, el agua, el hastío, el pasado, el futuro, la fuerza, el otoño, la pasión, el desamor, la esperanza… Nada me ha dado tanto como el piano, cada día somos más uno… La capacidad de escucha se multiplica, la sensibilidad para detectar los matices más pequeños se dispara. Todo el ser vibra con el mundo, con cada rumor del viento... el murmullo de las hojas en otoño, la lluvia en su encuentro con el mar, las pisadas sobre la tierra, aquel gato noctámbulo cuyo eco retumba en los tejados… La más mínima alteración en el tono de tu voz me desvelará tu enigma.
Me gusta el silencio al que me obliga su paciente estudio, y sentirme rodeada de otros músicos, con su receptibilidad fuera de lo común. Cada uno con su lucha, su grandeza y sus limitaciones, su perseverancia y su humildad. Continuamente dispuestos a aprender del otro, escuchando, brindando su apoyo...
Siempre hay una pieza que describe a la perfección nuestro estado de ánimo en un momento dado. La mía ahora es esta. Gracias, Eric Satie, por este precioso regalo.

miércoles, 8 de octubre de 2008

El cielo de Madrid

Algo maravilloso tenía que haber para que permanezcamos aquí, siempre al pie del cañón. Y es que no hay en todo el mundo un cielo como el de Madrid. Esta mañana, camino de la oficina, agradecía el tremendo atasco que me permitía contemplar esa explosión de color que nos regalaba el amanecer: azules, violetas y fuxias incendiaban las nubes de seda que abrían el telón de un nuevo y prometedor día.
¿Qué colores tendrá mañana? Ayer miraba anonadada la majestuosa esfera escarlata que asomaba por el este mientras pintaba un halo de dorados, naranjas y tenues rosados acariciados por un tímido azul. Cada segundo una transformación. Como una gigantesca cola de pavo real desplegada sobre la bóveda celeste, como un lienzo sobre el que la luz juega y reclama a nuestra adormilada conciencia.
Y me hace pensar en los brotes de primavera, en los que también se desplegaba el mágico arco iris, el puente entre dos mundos. Cuando asomaban, las hojitas del roble tenían todos los colores, el universo entero parecía condensado allí “Todo esta en Uno y Uno es Todo”. Y enseguida se fundían en un intenso rojo que se tornaba verde poco después. Increíble.
La magia se interrumpe al llegar al trabajo: decoración negra, paredes grises, cristales oscuros. Riguroso negro en la indumentaria del personal. El primer día resultó divertido, como un disfraz de Halloween. El segundo, algo forzado. El tercer día el abrigo verde manzana se aferró a mi cuerpo sin que pudiese evitarlo. Qué ignorancia cromática. Las caras se vuelven grises, demasiada introspección…
Pero… ¿Qué colores tendrá mañana el cielo? Es lo único que puede hacerme olvidar el mar, mi mar…

martes, 30 de septiembre de 2008

Una vegetariana en Roma

No llegamos al aeropuerto. Una hora llevo metida en el atasco, completamente parada, en Las Rozas. Desde las 8,10 h que dejé a los peques en el cole. Mercedes me ha llamado 3 veces, pero nada puedo hacer, mas que disfrutar de la música y confiar en llegar a tiempo…
Tras un vuelo bastante agitado, aterrizamos en Fiumicino. Estos pilotos no son como los de antes, parece que conducen un convoy de ganado. Estoy muy mareada, mi cuerpo está sensible absolutamente a todo. Nuestro chófer nos espera en la zona de llegadas, cartelito en mano, ‘Elena Rosa Cruz’. En un primer momento nos pasa desapercibido ¡Ah! Está ahí, es un tipo curioso, bajito, con extrañas gafas de sol, pelo desordenado y una tez que Baco pintó de rojo. Como el asno de Shrek cuando saltaba “¡Estoy aquí!””¡Yo, yo… estoy aquí!”… intenta llamar la atención elevando la cartulina para que podamos verle. Ya en el coche, y como voy sentada delante (por lo del mareo), no me percato enseguida de la situación, pues voy hablando con mis amigas y no estoy pendiente de la circulación. Hasta que en la primera sacudida, el cinturón me deja sin respiración, y casi sin algo más ¡mi estómago no está para esto! Las caras de Merche y Carmen me explican todo. Nos guía un auténtico piloto suicida, un loco del volante, un… ningún semáforo se le resiste, los peatones que esperen, la dirección prohibida queda para esos tontos de ahí… increíble, lo nunca visto… prefiero no mirar, abro un ojo y vamos derechos contra la mediana de la autopista, el carril se termina y él se empeña en pasar junto a otros 2 vehículos, donde sólo cabe uno… Aaaay, cierro los ojos esperando el golpe, como en el accidente de Bangkok… pero no, salimos ilesas de la aventura, aún no me explico cómo, debe haber muchos ángeles velando por nosotras.


Nos deja en el hotel Center 1, muy cerca del casco histórico. Nos tambaleamos al salir del coche ¡El está tan campante! “Luis, por favor, intenta que nos recoja otro conductor a la vuelta, a Carmen le sudaban las manos…”.
Me preocupaba este viaje. No estoy en la mejor forma, me cuesta sentir ilusión por las cosas, y lucho contra esa sensación, esa náusea pegajosa que te envuelve despacio pero con fuerza, y de la que es difícil desprenderse. El destino me invita a mover los hilos y bailar ¿Porqué no?
El recepcionista nos pone al corriente de la red de transportes de Roma en un tiempo record. En 5 minutos sabemos qué bus coger para ir al Coliseo, el metro para el Vaticano, el tranvía si se tercia, las visitas básicas para estos días, los billetes combinados para ir y venir alegremente… El señor es realmente amable. Y subimos ¡si parece la habitación de Ricitos de Oro! Qué mona con sus tres camitas, espacio para la euritmia, una gran ventana y unas toallas en el baño a las que se les debió caer el rizo en un mal momento… pero si parecen sábanas…

Animadas y pizpiretas vamos en busca del 3 que nos llevará al Coliseo, tras comprar los billetes en un Tabaco. El tráfico es ruidoso, aunque fluido. Enseguida descubrimos que cruzar las calles supone un acto de valor increíble, o una temeridad. Los pasos de cebra se adivinan por las intermitentes líneas blancas medio borradas sobre la calzada; ninguna señal vertical los anuncia, nadie se para. Ponemos cara de susto, de turistas despistadas, pero no funciona. Será mejor esperar a que cruce algún lugareño y seguirle muy de cerca para poder contarlo.
Las motos se multiplican a cada paso, parecen enjambres que recorren la ciudad dibujando una estampa ajena al tiempo. Lo invaden todo, aparcamientos interminables las acogen, cientos de vespas, una tras otra. Huele a años 50 y 60, Vacaciones en Roma, La dolce vita… Quizá en el próximo viaje me alquile una para moverme mejor. A Merche no le parece muy buena idea, y no vamos a discutirlo ahora.
Qué grande el Coliseo, qué raro verlo ahí, en medio de tanto tráfico, imperturbable. Curiosa convivencia que al principio me cuesta entender. La luz no es bonita esta tarde, las fotos no van a salir bien, y aún así, mi cámara tiene hambre y empieza a tragar una imagen tras otra. Hoy toca callejear, los grandes monumentos los dejamos para mañana. Ahora entiendo lo de las colinas de Roma, cada tramo es una cuesta, las calles tienen extraños desniveles, terrazas arriba, coches abajo, pasarelas de un lado a otro…
Buscamos el Moisés, oculto del bullicio en S. Pedro in Víncoli. La cólera en su máxima expresión, contenida en aquel rincón gris, si quieres luz introduce 50 céntimos en la maquinita, la figura se iluminará unos segundos, parece que se va a levantar… Quién diría que en ese recoveco nos espera tanta belleza. La estatua infunde un respeto profundo que exige una mirada reposada y atenta, un estar allí prolongado, cojo el manto que me regala Miguel Angel y me envuelvo con él, me reconforta, Seguimos camino por las bellas calles de la ciudad eterna, la luz es tan melancólica... Hoy Roma es en blanco y negro, con mil grises intermedios, mil matices para descubrir tras cada esquina, mil dibujos posibles. Escalinatas, arriba y abajo, alguna flor en los balcones, fachadas de colores desvahídos. Una cálida bruma arropa el ambiente, la florista la esquiva bajo ciclámenes y crisantemos. Los pies se mueven deprisa, el rostro besa la brisa húmeda, huele a mar.

Y aparece el Foro de Trajano, magnífico, ya usaban el cemento en el s. II d.C. Junto a la pequeña y preciosa Iglesia de Santa Maria di Loreto, se yergue la columna de Trajano, bellísima, grandiosa, 40 m de espiral surcada de relieves, la victoria de romanos contra dacios... el S. Pedro que la corona rompe la armonía, qué papas tan caprichosos. Columnas jónicas sostienen a curiosas gaviotas que hacen un alto en el camino. Sin darnos cuenta nos vemos sumergidas en un pasado muy remoto. Pero el sueño se interrumpe con el Victoriano, algo estridente, que grita tras las sobrias ruinas en la desangelada Plaza de Venecia. Los carruajes esperan pasear a los turistas, los kioskos de pizzas y helados salpican el espacio, cierta calma preside este caos, a pesar del ruidoso tráfico, de la ensordecedora sirena de la ambulancia, de las obras en aquel monumento…
Plaza de Venecia, qué torbellino, los ojos van de un lado a otro sin saber dónde detenerse, qué mezcla de tiempos distintos.
En la Vía del Corso, un bus nos lleva hasta la Fontana de Trevi, qué bonita. La placeta está atestada, una inesperada manifestación de ciclistas viene a completar el aforo, no cabe una mosca.
Nos detenemos en un local de apuestas, compramos un boleto de la Super Enealoto, quizá tengamos suerte. Los mismos souvenirs aquí y allá, los conocemos todos. Camisetas de fútbol, coliseos y lobas capitolinas de escayola, bolas de vidrio con nieve y la fontana de Trevi dentro, animalitos de cristal de murano, rosarios de cuentas de colores, pulseras con crucifijos, tazas serigrafiadas, calendarios con mil motivos, medallas de santos, láminas de los frescos de Miguel Angel…
Es casi de noche cuando llegamos a la Plaza de España, el cansancio empieza a hacer mella en nuestras sufridas piernas, y no nos atrevemos con la gigantesca escalinata. Cientos de turistas llenan esta improvisada grada, los carabinieri siempre en grupos de 3 ó 4 discutiendo animadamente, sus uniformes me parecen anticuados, el gorro en particular. La bandera española ondea en un balcón, quizás de la embajada. Qué algarabía, que manera tan bonita de despedir al día, el sol sonríe mientras bosteza.
Bajamos por Vía Condotti, qué paisaje tan pintoresco, me siento como un pulpo en un garaje… Louis Vuiton, Prada… de verdad hay gente que paga esas barbaridades, lo estamos viendo. Nuestro objetivo es el Tíber, que atravesamos por el puente Cavour, dejando atrás el Ministerio de Justicia y el Mausoleo de Augusto. Empieza a refrescar, la luna se enciende, menos mal, los romanos son muy parcos a la hora de iluminar las calles. El arcángel Micael preside el castillo de San Angelo o mausoleo de Adriano; según la leyenda, el ángel terminó con una plaga que asolaba la ciudad en el siglo VI. Un poco más abajo, el Vaticano, no parece tan grande desde aquí…
Hay que volver, mañana hay mucho que ver. Se nos echó la hora encima, en nuestro afán de aprovechar al máximo. Volvemos en bus hasta Plaza Venecia, pero ya es tarde para coger el 3… y el 85… y el 8… cualquier autobús. Así que a seguir gastando suela, con el frío incrustado en los huesos y completamente agotadas. Pillamos un 85 que nos deja muy lejos del hotel, nos toca atravesar toda la via Manzoni, las aceras del todo oscuras, siniestros personajes asoman de vez en cuando, sentados en algún banco. Decidimos continuar por el asfalto, a pesar del peligro de ser atropelladas (que aquí es altísimo). Por fin llegamos, extenuadas. Ahora mismo, no cambiaría por nada del mundo mi camita de sábanas blancas.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Por tercera vez... me ha vuelto a tocar


Mañana me voy a Roma, la ciudad eterna. Quizá parezca que no es el mejor momento, pero el mundo me llama. Mis amigos me regalan esta maravillosa oportunidad, y trataré de disfrutarla al máximo. Un cara a cara con la obra de Miguel Angel puede ser el mejor revulsivo. A lo mejor despierta de su letargo la inspiración dormida. Gracias, Merche y Luis...
Está claro que toca viajar, quizá para encontrar aquel lugar, mi lugar... Lo de este año es impresionante ¡Me ha vuelto a tocar un viaje! Esta vez un crucero de 5 estrellas por el Nilo, para dos personas. Cuando ayer vi el sobre en el buzón, lo supe. El año pasado me fui así a la Capadocia, este año no sé si podrá ser, los vuelos no están incluídos...
Sería increíble, en un año Turquía, Auvergne y el Loira, Bangkok, Roma, Egipto... sin contar las espapadas nacionales. La vida me sorprende a cada instante, a veces con algún zarpazo, casi siempre con un regalo. Yo, siempre dispuesta a meter la mano en la chistera, pase lo que pase...

viernes, 19 de septiembre de 2008

La noche en blanco

13 de septiembre de 2008

La noche en blanco de Madrid. Qué inhóspita me resulta esta ciudad, que poco amable.
La luna ríe desde el cielo, nosotros la intentamos retener en esa horrible postal que nos regalan en la Plaza de España ¿dónde quedó la imaginación?¿donde están los artistas? Las calles sonríen a nadie, no hay lugar para la improvisación ¿Dónde están los mimos, los clowns, los músicos callejeros? Hay algo que impide el movimiento, que paraliza los miembros. Una nube pastosa nos envuelve, es duro vivir aquí.
Cuanto más viajo, más extraña me siento en esta ciudad de cemento, de días fríos, donde no apetece patinar ni comer en el parque.
Risas con los amigos, Eugenia está radiante el día de su fiesta. La calle no invita, aquí siempre hacia dentro, mejor un té caliente en alguno de los ruidosos garitos que salpican la noche.
Me quedo con el precioso libro de cuentos de Oscar Wilde con pájaros en la portada, el príncipe feliz siempre me hace llorar; la performance de ese amigo; la horrible ‘música’ digital en el Conde-Duque, nos miramos atónitos ¿nos estarán tomando el pelo?, con lo fácil que es tocar el cielo con un piano… la animada conversación hasta bien entrada la madrugada… habrá que dormir un poco, mañana dibujamos. Son las 5 y Carmen y yo seguimos hablando, tratando de resolver nuestras enmarañadas vidas...


Algunas fotos de Bangkok...





Qué ricos están los cocos. Echo tanto de menos esa deliciosa agua dulce... Será lo primero que compre cuando vuelva a Bangkok, espero no tardar mucho.

martes, 2 de septiembre de 2008

Diario de un viaje por el Valle del Loira (y VII)

Domingo 20 de julio de 2008

El regreso
El viaje se ha hecho más corto de lo que esperaba. Recuperamos nuestro ritmo habitual de risas, como si el cansancio se hubiera esfumado. La música nos mantiene bien despiertas, y en movimiento a pesar del reducido espacio. Me gusta conducir, ver cómo cambia el paisaje, cómo aparecen vistas nuevas a cada momento. Deslumbrantes campos de girasoles aquí y allá, bosques que los rodean, alfombras doradas de trigo… Viñas y más viñas anuncian la proximidad de Burdeos… para dar lugar al aburrido paisaje de las Landas, con sus bosques de pinos espigados que nos envuelven. Y el país vasco, con tantos verdes distintos, y los peculiares caseríos… Y esas horribles fábricas en la proximidad de las ciudades…
Radares por doquier, requieren una atención constante, es muy gracioso ver cómo todo el mundo reduce la velocidad de repente…
Marroquíes y argelinos con coches cargados hasta el límite abarrotan las carreteras y las zonas de servicio, menos mal que hoy no circulan los camiones, sólo algún español despistado.
Breves paradas para reponer fuerzas: un bocata, un par de tés… ‘Ovejos’ por aquí y por allá, pero no me siento incómoda, sino segura de mí. Enseguida estamos en Madrid, a 100 km empieza el atasco, este tramo es más cansado que el resto del viaje entero.
Un camión revienta un neumático, llueven trozos de caucho, frenazos sincronizados, escolta luminosa hasta que aparca en el arcén. Qué bonito, qué forma de comunicarnos los 3 coches. El amor está en todas partes.