El calor le producía sueño, y aún dormida, siguió buscando adónde dirigirse, pues otros sentidos trabajaban en ello, y muchos seres invisibles la acompañaban. La montaña verde fue quedando atrás, y con ella el dulce calor que la arropaba. Sus pies tocaron el suelo otra vez, y sus ojos miraron hacia el exterior. Creyó encontrarse en su hogar, un escalofrío recorrió su cuerpo de arriba abajo. Ante ella se extendía majestuoso un inmenso mar completamente negro, ni siquiera la luna colgada del cielo se reflejaba mínimamente en su superficie. Parecía arriesgado tratar de pasar por allí ¿y si desaparecía bajo esas oscuras aguas sin dejar rastro? No, no podía ser. El mar nunca la haría daño, ella venía de allí y sabría como salir airosa de esta aventura. Se dirigió hacia la orilla con paso firme, y cuando quiso introducir un pie en el agua, algo se lo impidió. La superficie era dura y fría, como una pista de hielo negro. Sin dudarlo, se tumbó boca arriba, las manos pegadas al cuerpo, los pies juntos, y sintió un impulso que la empujó hacia delante a gran velocidad. Así atravesó las cientos de millas que la separaban del otro lado. Una vez en tierra firme, quiso tocar de nuevo ese extraño océano, como para retenerlo en su memoria, pero entonces su mano se hundió en el líquido elemento, y tocó la arena del fondo, y recogió una caracola que guardó en su bolsa de tesoros.Sus hermanas lloraron la partida, no podían entender que extraña fuerza empujaba a Sorane a abandonar aquel mundo de riquezas sin fin, de armonía y felicidad. Eudora le entregó un espejo de Venus con un precioso mango de nácar en el que un tritón había tallado una espiral cargada de rosas. Así no olvidaría quien era.
En sólo 6 días habría de llegar a su destino, o jamás se podría romper la maldición. La madrugada del cuarto día se despertó envuelta en la melodía más bonita del mundo. Embriagada por ese sonido maravilloso...




La lectura de la Teosofía de Steiner ha supuesto un importante punto de inflexión, una parada en el camino. Ha coincidido con relevantes acontecimientos en mi vida, como la muerte de mi amiga Pilar, con sólo 34 años. Aquí quedan sus 2 pequeños, atrás la terrible enfermedad. He de reconocer que no tuve valor de ir a verla esos últimos días, fue del todo imposible vencer el pavor que paralizaba mis miembros, el temor de enfrentarme a lo que podía ser un espejo de mi propio destino.

Hoy soy yo quien va en busca de la montaña. Tiene respuestas que yo no recuerdo, el ruido que a veces me envuelve me impide escuchar a mi Baba Yagá. La intuición se oculta tras las rocas, está allá arriba, tan alta como aquel buitre leonado que me saluda con su danza de viento.