Lisboa de mi corazón ¿Qué auguran las moradas nubes que bailan sobre el puerto?
El acordeón me trae recuerdos de otras épocas y lugares,
El mosaico del suelo llama a los ojos hambrientos.
Cuánta alma en las paredes de colores desgastados que, impúdicas, exhiben las sábanas robadas a Morfeo.
Miradas profundas se confunden entre generosas sonrisas que se despliegan tímidas, como conchas de nácar que surgen entre la arena.
Los tranvías corren por tus venas al compás de tu latido, mientras resuena un fado en aquel local perdido de la vieja Alfama.
Desde mi terraza de gaviota floto sobre los tejados posándome en cada rincón como ave fugitiva, adivinando el próximo movimiento que ya bulle tras el manto de estrellas que arropa la noche lisboeta.
jueves, 23 de septiembre de 2010
martes, 21 de septiembre de 2010
30 días para la crisálida
Nala tardó un mes en superar la dependencia física hacia él. 30 días que había contado uno a uno, latiendo con fuerza tras el manto de nieve y ausencia que la envolvía. 30 días amordazando sus ganas de correr a buscarle. 30 días de encontrar su mirada cada vez que cerraba los ojos, falso mar que le impedía conciliar el sueño. 30 cartas que nunca le enviaría. 30 días... Nala había conseguido mantener una sonrisa en su rostro abatido, haciendo equilibrios sobre el hilo por el que discurría su vida. De tanto bailar en el filo de la navaja, había aprendido a no caer ni hacia un lado ni hacia el otro. David Darling interpretaba la banda sonora de este momento, arrancando lamentos de un cello profundo como el destino. Gemidos de una belleza desgarradora en la que veía reflejada la melancolía que la embargaba. Las estelas blancas del piano de Ketil Bjornstad recorrían su piel como afiladas uñas, recordándole el velo que la separaba del amado instrumento. Hace ya un mes que sus manos quedaron petrificadas por el frío.
Y sólo ahora, tras este mes de lucha por no sucumbir a las olas negras del olvido, se daba cuenta de que haría falta mucho, mucho tiempo para despegarle de su alma. Estaba aferrada a ella como las noches de verano a los cantos de los grillos noctámbulos, como las raíces de los viejos robles al murmullo del agua, como las estrellas temblorosas a los ojos soñadores. Los sueños rotos cortaban su garganta, se clavaban en su mirada, que sangraba lluvia de sal sobre ríos de recuerdos perdidos. El podría irse lejos, muy lejos de su lado, pero no le arrebataría el amor. El amor era suyo, era un preciado tesoro que permanecería allí, ajeno a él. Y seguiría creciendo dentro de su cajita de plata incrustada de rubíes, seguiría creciendo mientras el corazón latiera, mientras el sol despertase cada mañana, mientras quedara una sola semilla de color prendida en la oscuridad.
Cuando él le entregó la carta, aquel fatídico 31 de diciembre, ella comprendió que nunca la había amado. No podía. Llevaba tanto tiempo perdido entre las murallas que construyó su ego, que se olvidó de mirar al horizonte tras el que se ocultan los sueños. Paralizado mucho tiempo atrás, encadenado por el miedo a la ausencia, decidió dejar de vivir, aunque nunca lo supo, pues su conciencia la acallaban los embriagadores cantos de esas falsas sirenas. Su yo estaba retenido en alguna parte, los días de vino y rosas lo mantenían dormido a la espera de tiempos mejores donde construir realidades, tiempos que nunca llegarían.
Aquella daga de la novela de Philip Pullman cortaba el aire abriendo ventanas a otros mundos, como el amor consiguió conectar aquellas dos almas situadas en existencias tan distintas como irreconciliables. En una tensión desgarradora mantuvieron un abrazo imposible que devoraba las ganas de crecer. Aquel "No me interesa tu vida, no quiero formar parte de ella" se clavó para siempre en la memoria de Nala con puñales de furia. Furia de Nael hacia sí mismo, que la niebla que velaba su entendimiento herido mil años atrás, le impedía comprender. Y le empujaba a destruir la belleza que le mataba, pues sentía no poseerla, y en esa tiránica lucha prefería dispararle a ella esa bala grabada de frustración, tratando de borrar todo lo que no se atrevió a ser.
30 días y 30 noches que arrancaron de aquel 31 de diciembre cuyo descanso iluminara la poderosa diosa de la luna, enmarcada por la magia de un eclipse cuyos efectos Nala conocía bien. Una ocasión única para enfrentarse al destino, donde la línea del tiempo se rompe y el pasado es uno con el presente y el futuro. Donde lo que se decida entonces será para siempre. Donde tras morir de nuevo, cual crisálida envuelta en la seda de la esperanza, Nala renovaría sus fuerzas para resurgir frente al mundo llena de una luz transformada que ningún ser oscuro se atrevería a apagar.
Y sólo ahora, tras este mes de lucha por no sucumbir a las olas negras del olvido, se daba cuenta de que haría falta mucho, mucho tiempo para despegarle de su alma. Estaba aferrada a ella como las noches de verano a los cantos de los grillos noctámbulos, como las raíces de los viejos robles al murmullo del agua, como las estrellas temblorosas a los ojos soñadores. Los sueños rotos cortaban su garganta, se clavaban en su mirada, que sangraba lluvia de sal sobre ríos de recuerdos perdidos. El podría irse lejos, muy lejos de su lado, pero no le arrebataría el amor. El amor era suyo, era un preciado tesoro que permanecería allí, ajeno a él. Y seguiría creciendo dentro de su cajita de plata incrustada de rubíes, seguiría creciendo mientras el corazón latiera, mientras el sol despertase cada mañana, mientras quedara una sola semilla de color prendida en la oscuridad.
Cuando él le entregó la carta, aquel fatídico 31 de diciembre, ella comprendió que nunca la había amado. No podía. Llevaba tanto tiempo perdido entre las murallas que construyó su ego, que se olvidó de mirar al horizonte tras el que se ocultan los sueños. Paralizado mucho tiempo atrás, encadenado por el miedo a la ausencia, decidió dejar de vivir, aunque nunca lo supo, pues su conciencia la acallaban los embriagadores cantos de esas falsas sirenas. Su yo estaba retenido en alguna parte, los días de vino y rosas lo mantenían dormido a la espera de tiempos mejores donde construir realidades, tiempos que nunca llegarían.
Aquella daga de la novela de Philip Pullman cortaba el aire abriendo ventanas a otros mundos, como el amor consiguió conectar aquellas dos almas situadas en existencias tan distintas como irreconciliables. En una tensión desgarradora mantuvieron un abrazo imposible que devoraba las ganas de crecer. Aquel "No me interesa tu vida, no quiero formar parte de ella" se clavó para siempre en la memoria de Nala con puñales de furia. Furia de Nael hacia sí mismo, que la niebla que velaba su entendimiento herido mil años atrás, le impedía comprender. Y le empujaba a destruir la belleza que le mataba, pues sentía no poseerla, y en esa tiránica lucha prefería dispararle a ella esa bala grabada de frustración, tratando de borrar todo lo que no se atrevió a ser.
30 días y 30 noches que arrancaron de aquel 31 de diciembre cuyo descanso iluminara la poderosa diosa de la luna, enmarcada por la magia de un eclipse cuyos efectos Nala conocía bien. Una ocasión única para enfrentarse al destino, donde la línea del tiempo se rompe y el pasado es uno con el presente y el futuro. Donde lo que se decida entonces será para siempre. Donde tras morir de nuevo, cual crisálida envuelta en la seda de la esperanza, Nala renovaría sus fuerzas para resurgir frente al mundo llena de una luz transformada que ningún ser oscuro se atrevería a apagar.
jueves, 26 de agosto de 2010
Cuando el sol se bañó en el mar
Dios pintó el mar cobalto, bermellón y dorado para regalarles la despedida más hermosa. Juntos, fundidos en un abrazo invisible, sus voces se elevan al cielo en un solo canto. Los niños más felices regresan del olvido, grabando sobre la arena una nueva memoria que ha de permanecer ajena al tiempo.
Un disco rojo, como un corazón gigante que sigue el ritmo de sus latidos, tiembla sobre el horizonte azul, derramando lágrimas de oro que se posan en su piel mientras desaparece para dejar paso a la noche. Noche incierta que invita a un nuevo sueño, que promete arroparlos con su aliento y mantener viva esa llama que se encendiera días atrás. Para no apagarse nunca.
Sorane los sentía a todos, y a cada uno vibrar dentro de sí. Los percibía en su esencia más profunda, sin dejar de ser ella. entrañables momentos, salpicados de un Ribeiro que desataba aún más sonrisas y confidencias. El tiempo pasaba en una noche para ellos eterna. Los ojos de Angie repartían la sabiduría de siglos, que un día se enredó en sus cabellos trenzados, entre hilos de plata y ébano. Sara era la sonrisa, la bondad más cálida, la amistad entrañable en la que refugiarse cuando la soledad embiste. Ella sabe, más de lo que imagina, y pizpireta, danza a la luna con alegría y confianza.
Su querida Andrea se aferraba con fuerza a la tierra al compás de Chavela. De su brazo y del de Mário, Sorane se dejó mecer entre cantos y risas, caminando con paso firme sobre la orilla que les conducía hacia delante, hacia un mañana de más luz. Pero mientras tanto, disfrutaban del camino.
Suzane, Amália, Flávia... estrellas lusas que prendieron en su alma como alfileres de luz. El fado que resuena allá al fondo, cuando cerraba los ojos, cuando recuperaba el silencio... ahora tenía nombre.
Habían vivido un nuevo nivel de conciencia, todos lo habían experimentado. Habría un antes y un después de aquella puesta de sol, de aquel encuentro junto al mar de Galicia. Un trozo de sus corazones permanecería allí, bajo la arena, donde el Sol y la Luna lo mecerán cada día.
Y allí, frente a la inmensidad del Atlántico, sentada sobre el manto dorado que se extiende a sus pies al caer el Sol, hay un momento, un instante precioso en que cesa el rumor de las olas, y el viento acalla su murmullo. Y como una caricia, aquel canto se posa de nuevo en su alma...
Un disco rojo, como un corazón gigante que sigue el ritmo de sus latidos, tiembla sobre el horizonte azul, derramando lágrimas de oro que se posan en su piel mientras desaparece para dejar paso a la noche. Noche incierta que invita a un nuevo sueño, que promete arroparlos con su aliento y mantener viva esa llama que se encendiera días atrás. Para no apagarse nunca.
Sorane los sentía a todos, y a cada uno vibrar dentro de sí. Los percibía en su esencia más profunda, sin dejar de ser ella. entrañables momentos, salpicados de un Ribeiro que desataba aún más sonrisas y confidencias. El tiempo pasaba en una noche para ellos eterna. Los ojos de Angie repartían la sabiduría de siglos, que un día se enredó en sus cabellos trenzados, entre hilos de plata y ébano. Sara era la sonrisa, la bondad más cálida, la amistad entrañable en la que refugiarse cuando la soledad embiste. Ella sabe, más de lo que imagina, y pizpireta, danza a la luna con alegría y confianza.
Su querida Andrea se aferraba con fuerza a la tierra al compás de Chavela. De su brazo y del de Mário, Sorane se dejó mecer entre cantos y risas, caminando con paso firme sobre la orilla que les conducía hacia delante, hacia un mañana de más luz. Pero mientras tanto, disfrutaban del camino.
Suzane, Amália, Flávia... estrellas lusas que prendieron en su alma como alfileres de luz. El fado que resuena allá al fondo, cuando cerraba los ojos, cuando recuperaba el silencio... ahora tenía nombre.
Habían vivido un nuevo nivel de conciencia, todos lo habían experimentado. Habría un antes y un después de aquella puesta de sol, de aquel encuentro junto al mar de Galicia. Un trozo de sus corazones permanecería allí, bajo la arena, donde el Sol y la Luna lo mecerán cada día.
Y allí, frente a la inmensidad del Atlántico, sentada sobre el manto dorado que se extiende a sus pies al caer el Sol, hay un momento, un instante precioso en que cesa el rumor de las olas, y el viento acalla su murmullo. Y como una caricia, aquel canto se posa de nuevo en su alma...
miércoles, 25 de agosto de 2010
El mar y tú
Una preciosidad...
O mare e tu - Dulce Pontes e Andrea Bocelli - Subtitulado opcional en español
O mare e tu - Dulce Pontes e Andrea Bocelli - Subtitulado opcional en español
martes, 24 de agosto de 2010
El sueño de una noche de verano (II)
Quedan mil años para que salga el Sol. Tras el concierto, Sara y Mar recorren la noche como funámbulas sobre un hilo de papel. Carlos, barquero del lado oscuro, noctámbulo maestro, las conduce sobre ríos de alcohol a lugares inciertos. Sara no se dejará llevar, sabe hacia dónde quiere ir y hacia dónde no. Pero Mar se confunde y se deja arrastrar, la conciencia amordazada... El tiempo transcurre despacio para Sara, que se sienta junto a la barra y permanece inmóvil largas horas, los codos en la enorme plancha de pino barnizado, la cabeza sobre las manos, esperando pacientemente que su amiga vuelva a ocupar su cuerpo. Observa cada rostro del local, cientos de ellos que se mueven como fantasmas entre cortinas de humo. Miradas que no van a ninguna parte, que sonríen estúpidamente... Almas que parecen bloqueadas, empequeñecidas, condenadas por sí mismas a un purgatorio sin salida. Jóvenes o viejos, hombres o mujeres, todos navegan en el mismo barco sin rumbo. No quiere ser uno de ellos, no es uno de ellos. Mar tampoco lo es, pero lleva demasiado tiempo allí y no le resulta fácil salir.
Mientras combate el aburrimiento y la ausencia de su amiga, Sara recuerda su primera cita con aquél amor, en el mismo sórdido local que entonces resultara tan diferente. Él pronto encontró un nuevo "amor de su vida" al terminar su relación con Sara... ¿Cómo pudo pensar que con ella la historia sería diferente? Nunca volvería a dejarse atrapar por las garras de ese falso yo de las emociones que la arrastró a la mentira que ella misma construyó.
El recuerdo de su sonrisa, el inmenso abrazo que duraría siempre, la mirada que la acariciaba por dentro, los viajes imposibles a tierras lejanas, las aventuras nunca compartidas... Ahora quedaban reducidos al sueño de una noche de verano. Se debatía entre quedarse anclada a aquello, al pasado, a la muerte, a lo imposible, y ser uno más de aquellos seres perdidos que caminan en la niebla... o asumir la realidad, mucho más inhóspita, fría y hostil; pero desde donde poder construir un destino más auténtico.
La tensión es extrema. El deseo de verle es tan intenso que la ciega. A punto de enviar un sms invitándole a venir, el duende verde la hace recapacitar de nuevo, ha de soportar el dolor, la soledad, como única vía para llegar adonde quiere llegar, hacia el fondo de sí misma.
Mientras combate el aburrimiento y la ausencia de su amiga, Sara recuerda su primera cita con aquél amor, en el mismo sórdido local que entonces resultara tan diferente. Él pronto encontró un nuevo "amor de su vida" al terminar su relación con Sara... ¿Cómo pudo pensar que con ella la historia sería diferente? Nunca volvería a dejarse atrapar por las garras de ese falso yo de las emociones que la arrastró a la mentira que ella misma construyó.
El recuerdo de su sonrisa, el inmenso abrazo que duraría siempre, la mirada que la acariciaba por dentro, los viajes imposibles a tierras lejanas, las aventuras nunca compartidas... Ahora quedaban reducidos al sueño de una noche de verano. Se debatía entre quedarse anclada a aquello, al pasado, a la muerte, a lo imposible, y ser uno más de aquellos seres perdidos que caminan en la niebla... o asumir la realidad, mucho más inhóspita, fría y hostil; pero desde donde poder construir un destino más auténtico.
La tensión es extrema. El deseo de verle es tan intenso que la ciega. A punto de enviar un sms invitándole a venir, el duende verde la hace recapacitar de nuevo, ha de soportar el dolor, la soledad, como única vía para llegar adonde quiere llegar, hacia el fondo de sí misma.
El nuevo Sol empieza a anunciar su llegada, Mar despierta del letargo y las amigas se van a dormir. Como niña que sabe que ha hecho algo que no debía hacer, Mar se lamenta, se culpabiliza, se disculpa ante Sara por su actitud durante la noche. Sara se limita a observar sin juzgar, ni la acusa ni la redime. El día lamerá las heridas y empequeñecerá las sombras. El camino se hará más nítido y los pies seguirán su periplo hacia el próximo destino, siempre hacia mañana.
viernes, 30 de julio de 2010
El sueño de una noche de verano (I)
Llegar al pueblo la estremecía, a pesar de que casi a diario pasaba por allí. El recuerdo le mordía el estómago, y la temida náusea se apoderaba de su cuerpo. Caminar aquellas calles de granito suavizadas por la luz ambarina de las farolas, que tantas veces recorriera de su mano, la aturdía y volvía a sentirse como un cascarón de nuez navegando a merced de las olas. Disfrutaría del concierto, y seguiría sonriendo al destino que había decidido construir. La lucha era feroz, pero saldría victoriosa. La armadura sobre su piel y la lanza de hierro en su sangre transformarían al dragón en un ruiseñor que canta al amanecer.
Sara estaba radiante con su vestidito de lunares blancos sobre fondo negro y sus sandalias de charol y tacón de vértigo,como si el mismo cielo la arropara con su tela de estrellas. De nuevo se hallaba bajo la protección de Marte, y el brillo de sus ojos, que apagara la lluvia de abril, volvía intensificado. También las mejillas recuperaban su aspecto de melocotón irisado, y la sangre parecía derramarse de sus labios plenos. Mar la acompañaba, cual malva crisálida que volvía del abismo al que se entregara poco antes. La luna de julio auguraba una noche entrañable, donde el piano y el cello envolverían las almas adormecidas por el axfisiante calor. El entusiasmo de Henar por sus proyectos incipientes era contagioso, Sara se aferraba a ese momento y compartía la alegría con su amiga. Cantaría boleros en un futuro cercano con Jorge, el simpático pianista del grupo. Bromeaban con imaginarias puestas en escena, con vestidos glamourosos y ambientes de película de los años 40. A Sara le gustaba la idea, iba a tomarse más en serio lo del piano, y el año que viene quizá podrían formar su propia banda.
Más caras conocidas de lo que esperaba encontrar. Algunas le provocaban sonrisa y le recordaban momentos felices compartidos con él, otras la devolvían a la realidad más sórdida que vivió en aquella relación. El destino la enfrentaba a sus miedos, pero le presentaba herramientas que no estaba dispuesta a desperdiciar. Se moría de ganas por llamarle, por verle. Pero el duende verde que vigilaba la conciencia, le susurraba al oído: "...No quiero saber nada de tu vida, no me interesa en absoluto... No quiero construir nada contigo...", frases que él le escupiera como dardos envenenados, y que Sara todavía no había conseguido borrar.
Los focos y la música la devolvían al presente. Canciones de los Beatles magistralmente interpretadas. Poca audiencia para un sábado por la tarde, entrada gratuita...y excelentes músicos. El flash arranca una imagen para el recuerdo. Las congas de Henar repiquetean como lluvia en el cristal, aligerando sonidos más pesados... Las semillas traídas de Cuba salpican la sala de color y canela... En el escenario se siente arropada por la cálida mirada de Sara, que vela por ella desde la sombra. Los focos se apagan y se enciende la luna. Los músicos se van, pero Sara y Mar continúan su recorrido a lomos de la noche...
martes, 6 de julio de 2010
Iggy Pop y la chica de fuego
Sara disfrutaba de cada instante, de cada parada en el camino, de cada café robado al tiempo. Creía que a toda velocidad escaparía de su destino, pero no hacía sino precipitarse hacia él.
Tim hacía el Camino de Santiago. Necesitaba estar consigo mismo, y para ello tenía que desprenderse del intenso halo de Sara. Nunca había sentido nada parecido, le asustaba el poder que la mujer ejercía sobre él, y necesitaba reflexionar antes de tomar una decisión.
Sara llegó a Lugo bien entrada la noche. Sus amigos la esperaban pletóricos, hacía tanto tiempo... Tras una generosa cena (estaba en Galicia!) empieza la vida nocturna. Olas de pop, humo y alcohol sobre las que mantener el equilibrio. Simpáticas charlas con algún amigo del Frente Galego arreglaron el mundo en unas horas.
También ella huía de la ausencia, de la distancia que la separaba de él. Sentirle a menos de 100 km la reconfortaba. Entonces ocurrió. Se hizo el silencio. Todo desapareció tras la cortina blanquecina que envolvía el local, para dar paso a aquella gutural voz, aquella melodía profunda que surgía de su propia alma. Hipnotizada por Iggy Pop, salió a refugiarse bajo el brillo tintineante de la noche. Se sentó en el frío escalón de piedra que penetraba en la sombra, y le sintió. El teléfono sonó: "He llegado a Santiago. Estoy en la playa. El manto azabache del mar exhibe una luna deslumbrante, te la quiero regalar. Ven conmigo, a dormir sobre este lecho de arena blanca, arropados por la brisa del mar. Despertaremos juntos con el nuevo día, con el canto de las gaviotas y la espuma jugando con nuestros pies..."
Nada deseaba más que reunirse con él. Y en el mar... que era su casa. Una prueba demasiado difícil. Pero era imposible, el lunes tenía que estar en la oficina, no podía arriesgarse a perder su empleo en estos difíciles momentos.
-"Diles que estás enferma"
-"No puedo hacer eso, me sentiría muy incómoda. Tendremos muchos otros momentos que compartir"
-"Te necesito ahora, no puedes hacerme esto"
-"Lo siento, amor, debes entender lo delicado de mi situación"
-"No, no lo entiendo"
Y su voz se desvaneció en la oscuridad. Y ella quedó sumida en una espesa desolación, el corazón amoratado y los ojos anegados en lágrimas.
Terminó el fin de semana con sus entrañables amigos. Los paseos entre aquellos nobles castaños la reconfortaban, y parecían devolverle el eco de su lamento entre el rumor de las ramas. Los seres elementales la sonreían tras cada roca, cada arbusto; sus miradas centelleaban mientras corrían felices por aquellos parajes de magia y ensueño. Y de nuevo emprendió viaje. Allí seguía el asfalto, con las huellas de caucho caliente grabadas sobre la piel de azogue. Y a volar hacia la rutina. Mañana, reunión con el director para ultimar las bases de la nueva campaña.
Y esperó junto al teléfono un día, y otro, y otro... con la esperanza de que él hubiese entendido. Pero no fue así. Desapareció de su vida como si nunca hubiera existido. No volvió a verle en los locales de siempre, la tierra parecía haberlo engullido. Sara siguió caminando, quizás en otro momento sus pasos volverían a encontrarse.
Esos profundos ojos verdes quedaron grabados en el fondo de su alma para siempre. No volvería a ver una mirada tan bella, la misma que años atrás la hipnotizara cuando, una tarde de otoño, él detuvo el coche en medio de la calzada para contemplarla, sonriente y pizpireta, pasear por las calles de su pequeña ciudad. Entonces ella permaneció inmóvil, en silencio, sus ojos clavados en los de él, sabiendo que un vínculo profundo les unía desde mil años atrás aunque aún no hubiese existido. Sabiendo que sus destinos se cruzarían irremediablemente sin importar el espacio ni el tiempo.
lunes, 14 de junio de 2010
Lhasa: el vuelo del último ángel
Querida Lhasa, cuantas lágrimas he derramado por tu partida. Tendré que llenar la irreparable ausencia con el esplendor de tu maravillosa música. La luz que irradiabas prende ahora del cielo, salpicando de alegría la noche oscura. Estúpido llanto, no acabo de entender. Tú misma contabas cómo tu padre te explicaba que nacimiento y muerte, principio y fin, no son sino partes de un mismo círculo. Lo sé, pero es doloroso renunciar a la presencia de un ángel cuyas alas acariciaban nuestras almas desde la aparente distancia. Tenías sólo 37 años. Y una dulzura exquisita en cada gesto, que bailaba con la poderosa voz de una presencia que trascendía lo humano. Amor verdadero transmitido en cada acorde, en cada palabra derramada al viento, en cada verso declamado antes de los conciertos... Amor en esa belleza extraordinaria y transparente, amor en tu perenne sonrisa... Y sensibilidad extrema que casi dolía al percibirla.Te arropaste con el manto negro de la medianoche, el pasado 1 de enero. Se fue la bella y sensible, la dulce Lhasa. Más cerca del cielo que de la tierra, te rebelaste ante la tiranía del cuerpo y volaste libre. Sé feliz estés donde estés, gracias por haber sido, y por habernos dejado tu música para siempre.
jueves, 10 de junio de 2010
La Nueva Psicología del amor
M. Scott Peck, 1978 • Título original: The Road Less Traveled - A New Psvchology of Love, Traditional Values and Spiritual Growth
El prestigioso psiquiatra americano Scott Peck nos habla del difícil camino de la vida, que pasa por la aceptación del sufrimiento (como Jung, considera que la neurosis es siempre la sustitución de un sufrimiento legítimo). Para ello, nos propone cuatro técnicas de disciplina que ilustra con numerosos casos clínicos: retrasar la satisfacción, aceptar la responsabilidad, consagrarse a la verdad, y encontrar el equilibrio.
Más adelante aborda el tema del amor, que no hay que confundir con dependencia, enamoramiento y otras máscaras que tratan de emularlo. Para que una relación de pareja prospere, el enamoramiento inicial ha de abrir paso al amor verdadero, y si sobrevive a la ruptura aparente cuando aquel se tambalea, habrá sentado las bases de una relación sólida en la que el crecimiento de dos individualidades es posible aún manteniendo un camino común. Sólo anteponiendo la identidad del otro a nuestros conflictos sin resolver, sólo desde la sinceridad de reconocer frustraciones que proyectamos en los demás, sólo desde un amor profundo y auténtico que por encima de todo desea el crecimiento personal y la evolución espiritual de la pareja, será posible construir un vínculo rico y duradero.
¿Cómo es posible que pacientes que deberían padecer una grave neurosis sólo acusen una neurosis leve a pesar de dramáticos acontecimientos vividos? ¿O que otros que deberían ser psicóticos se queden sin embargo en una neurosis?¿Y al contrario? Lo imposible no existe, los milagros ocurren a cada momento, y el razonamiento y la ciencia resultan insuficientes para explicar estos hechos, a los que se suman curaciones físicas de todo tipo, muchas veces atribuidas por los médicos a errores de diagnóstico. La Religión, más allá de cualquier doctrina, sino como planteamiento vital (re-ligare: lo que nos une de nuevo, con el Cosmos, con una Realidad más allá de lo aparente) que nos hace crecer y superarnos, es un término ineludible para entender cada uno de los casos analizados por Scott Peck. En un permanente diálogo entre egoísmo y generosidad, por amor a nosotros mismos buscamos ser mejores; por amor a los demás buscamos el crecimiento espiritual del otro, y así progresan nuestras relaciones; por amor al mundo nos fundimos con éste, y lejos de disolverse, el Yo se reafirma y fluye sanamente transmitiendo a todo nuestro ser esta salud en forma de milagro.
El amor como camino, como modo de vida, el único posible para Ser de verdad.
Este libro ha permanecido durante muchos años en la lista de best-sellers del New York Times, deviniendo un clásico de nuestro tiempo. Para el National Catholic Reporter "Esta discusión sobre el amor es la más original desde Erich Fromm."
In the mood for love - Yumeji's theme
El prestigioso psiquiatra americano Scott Peck nos habla del difícil camino de la vida, que pasa por la aceptación del sufrimiento (como Jung, considera que la neurosis es siempre la sustitución de un sufrimiento legítimo). Para ello, nos propone cuatro técnicas de disciplina que ilustra con numerosos casos clínicos: retrasar la satisfacción, aceptar la responsabilidad, consagrarse a la verdad, y encontrar el equilibrio.
Más adelante aborda el tema del amor, que no hay que confundir con dependencia, enamoramiento y otras máscaras que tratan de emularlo. Para que una relación de pareja prospere, el enamoramiento inicial ha de abrir paso al amor verdadero, y si sobrevive a la ruptura aparente cuando aquel se tambalea, habrá sentado las bases de una relación sólida en la que el crecimiento de dos individualidades es posible aún manteniendo un camino común. Sólo anteponiendo la identidad del otro a nuestros conflictos sin resolver, sólo desde la sinceridad de reconocer frustraciones que proyectamos en los demás, sólo desde un amor profundo y auténtico que por encima de todo desea el crecimiento personal y la evolución espiritual de la pareja, será posible construir un vínculo rico y duradero.
¿Cómo es posible que pacientes que deberían padecer una grave neurosis sólo acusen una neurosis leve a pesar de dramáticos acontecimientos vividos? ¿O que otros que deberían ser psicóticos se queden sin embargo en una neurosis?¿Y al contrario? Lo imposible no existe, los milagros ocurren a cada momento, y el razonamiento y la ciencia resultan insuficientes para explicar estos hechos, a los que se suman curaciones físicas de todo tipo, muchas veces atribuidas por los médicos a errores de diagnóstico. La Religión, más allá de cualquier doctrina, sino como planteamiento vital (re-ligare: lo que nos une de nuevo, con el Cosmos, con una Realidad más allá de lo aparente) que nos hace crecer y superarnos, es un término ineludible para entender cada uno de los casos analizados por Scott Peck. En un permanente diálogo entre egoísmo y generosidad, por amor a nosotros mismos buscamos ser mejores; por amor a los demás buscamos el crecimiento espiritual del otro, y así progresan nuestras relaciones; por amor al mundo nos fundimos con éste, y lejos de disolverse, el Yo se reafirma y fluye sanamente transmitiendo a todo nuestro ser esta salud en forma de milagro.
El amor como camino, como modo de vida, el único posible para Ser de verdad.
Este libro ha permanecido durante muchos años en la lista de best-sellers del New York Times, deviniendo un clásico de nuestro tiempo. Para el National Catholic Reporter "Esta discusión sobre el amor es la más original desde Erich Fromm."
In the mood for love - Yumeji's theme
miércoles, 2 de junio de 2010
Un nuevo camino
Para A.M.A.
A tí... que un día pusiste tu energía en mí creyendo que era amor,
Yo, hoy, dándote las gracias por todo lo aprendido, te la devuelvo,
para que pudiéndote sentir de nuevo unido,
continúes 'entero' tu camino.
Yo, que un día puse mi energía en tí creyendo que era amor,
queriéndome y cuidándome, de nuevo la retomo,
para que así, pudiéndome sentir enteramente 'unida',
continúe con serenidad y alegría mi propio camino.
A tí... que un día pusiste tu energía en mí creyendo que era amor,
Yo, hoy, dándote las gracias por todo lo aprendido, te la devuelvo,
para que pudiéndote sentir de nuevo unido,
continúes 'entero' tu camino.
Yo, que un día puse mi energía en tí creyendo que era amor,
queriéndome y cuidándome, de nuevo la retomo,
para que así, pudiéndome sentir enteramente 'unida',
continúe con serenidad y alegría mi propio camino.
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