miércoles, 10 de febrero de 2010

De Madrid a Lisboa (III)

... Este cielo de Lisboa, secreto de la mágica luz que la inunda atrapando las miradas, es ahora morado intenso, nunca gris, con una ventana abierta al sol de poniente que ilumina las fachadas de colores congelando en mi memoria la postal más increíble. No puedo más que mirar a mi alrededor, arriba y abajo, sin dar un paso. La escena cambia a cada segundo, ahora bajo un tono metálico y mojado, ahora entre una neblina dorada...
La oscura Sé abre la boca tragando cualquier atisbo de luz, osadas las vidrieras que horadan sus espesos muros de piedra. Románica en origen, ha ido incorporando diversos estilos tras las reconstrucciones que sucecieron a los numerosos terremotos que ha sufrido la ciudad. El más importante, el de 1755, aquel fatídico día de Todos los Santos, en que el sunami que reemplazó al seísmo subió por el Tajo como un gigante de agua que engullía todo a su paso.
Otra parada para reponer fuerzas: bocatas caseros que desaparecen en pocos minutos. Esta ciudad hace hambre, niños y mayores callan mientras los tranvías chirrían a pocos centímetros. Seguimos caminando, ahora sobre llano, salpicados por las pequeñas lágrimas que llora el cielo antes de volver a reír cuando el sol le hace cosquillas. La Plaza del Comercio al fondo, las olas blancas y negras de las aceras hacen del paseo un baile mojado y jovial. La gigantesca explanada está convaleciente por una nueva remodelación, aún no he conseguido verla desnuda, siempre oculta tras andamios y telas que tapan las heridas. Asoma tímida en el centro la estatua de José I, y el flamante Arco del Triunfo da paso a un espacio más transitable, la rua Augusta. Las 2 torres que la flanquean de cara al río son los únicos vestigios que sobrevivieron al gran terremoto. El resto se concibió con un nuevo espíritu que años despúes sería escenario de importantes acontecimientos, como la Revolución de los Claveles de 1974. Hoy, aquél espíritu revolucionario se reencarna en los manifestantes que llenan las calles por miles: los enfermeros, llegados de todo el país, protestan contra la precariedad laboral. Protesta gigantesca, tambores que la secundan, vías cortadas al tráfico, altavoces gritando consignas...

Terremoto humano que hace tambalear los cimientos lisboetas. Me sorprende el poco eco en la prensa local el día después. Cantando bajo la lluvia, me siento feliz rodeada de niños, propios y ajenos. Me gusta su entusiasmo contagioso, la mirada transparente, el juego sin fin... En ellos, todo es de verdad, risas y lágrimas, que alternan con pasmosa naturalidad. Atravesamos victoriosos el Arco del Triunfo hacia la Via Augusta. Claudia está ensimismada con los dibujos de las aceras, hechos de azucarillos blancos y negros que hacen el camino más dulce. Enormes figuras multicolor como majestuosas cariátides, reproducen las imágenes de los Beatles en la puerta del Museo de Diseño ... Ligereza y color a pesar de las enormes proporciones. Reverso de espejo que refleja otra cara de Lisboa, la cámara se dispara una y otra vez tratando de captar esa otra ciudad sumergida. Como Orfeo viajando entre sueños, atravieso el espejo y recolecto esos colores sin forma en mi cesta de recuerdos. Me dejo llevar por la alegría general. Los pequeños se desfogan en estas calles sin coches, llenas de música y reclamos para todos los sentidos. Un gofre caliente para los más golosos, que me hace recordar aquellos de este verano en Bruselas, mi querida Carmen me llevó a los mejores lugares donde degustar el dulce belga por excelencia...

Jorge Drexler - Soledad

viernes, 5 de febrero de 2010

De Madrid a Lisboa (II)

... Las calles serpentean bajo los pies, buscando cualquier rincón donde reposar la mirada. Todo vale: Una puerta verde sobre la descascarillada fachada púrpura; un enorme girasol de plástico; un arco que se olvidó el tiempo y que enmarca las grúas de los astilleros; un maniquí de plástico escudriñando tras el cristal turbio de aquella ventana... escalones y más escalones que parecen girar sobre sí mismos: caminamos por el vientre de un caracol gigante que se eleva buscando el calor del sol. Pequeñas plazoletas torcidas nos salen al encuentro. Algunos naranjos saludan entre adoquines y muros de cal; aquella palmera se yergue como un faro que señala el camino. No hay pérdida, sólo hay que ir hacia arriba. Las palomas gorgojean sobre los tejados carmesís, llaman juguetonas a los niños, que disfrutan de barandillas sobre las que deslizarse, y cuyas risas se funden con la algarabía general.

Las murallas de San Jorge marcan el fin del ascenso. De nuevo aquí, la última vez esparcía papeles grises al viento, papeles que se desharían en el mar. Como si fuera ayer, vuelvo a beber de esta brisa sanadora que canta sobre Lisboa, que acaricia mi afligida memoria y devuelve el brillo a mis ojos. Cómo me gusta estar aquí, mi mirada camina por cada tejado, por cada balcón. A vista de pájaro la perspectiva cambia, somos pequeños frente a la inmensidad, pero tan grandes cuando nos entregamos a ella... El puente del 25 de abril cruza el río como una arteria que bombea la ciudad, El gigantesco Cristo Rei parece insuflar su aliento desde la otra orilla. Con sus 28 m de altura, se yergue majestuoso frente a la ciudad, envolviéndola con su abrazo. Copia del Cristo Redentor de Río de Janeiro, se construyó en 1959 como agradecimiento a Dios por haber mantenido a Portugal lejos de los horrores de la Segunda Guerra Mundial

La sangre de los tejados llena de vida cada rincón. La melancolía sale de su ensimismamiento y se encienden los corazones. El río se mueve hacia el mar, los coches se mueven sobre el puente, las gaviotas se mueven sobre las cabezas, las personas se mueven entre las calles, las calles se deslizan entre las paredes... Vida y frenesí bajo el disfraz de tristeza. Edificios de colores que esconden otros colores debajo, rollizos gatos deambulando por los jardines, la plaza del Rossio allá al fondo, vigilada de cerca por la de Figueira. Y tras el núcleo histórico se adivina la ciudad nueva, grandes edificios de cristal que podrían pertenecer a cualquier lugar...

Ana y los niños tienen su primer encuentro con la pastelería portuguesa: primer alto en el camino para disfrutar de un chà caliente y alguna delicia con crema y canela. Los pasteis de Belem dejan un regusto amargo en mi garganta, aunque hace poco más de un mes acompañaran mi viaje más dulce al norte del país, pero esa es otra historia... Claudia cae rendida ante la tarta de galleta, salimos del café y bajamos flotando las escalinatas hacia el puerto. El 28, vestido de amarillo reluciente, nos sale al paso a cada vuelta de esquina. Sube y baja sujeto al cielo y a la tierra, surcando las empinadas calles como mariposa en campo abierto. No me canso de mirar estos viejos tranvías que casi acarician a su paso las cornisas de algún edificio. Cicatrices de hierro clavadas a los adoquines se entrelazan y brillan bajo las gotas que empiezan a caer...


Bebe - Siempre me quedara

De Madrid a Lisboa (I)

martes, 2 de febrero de 2010

De Madrid a Lisboa (I)

Corría ansiosa persiguiendo al sol. Ese sol que duerme en lisboa. El río de asfalto la lleva y la mece bajo el cielo dorado, mientras los alcornoques salpican de plata oscura el deslumbrante verde del suelo. Apenas han cruzado la frontera cuando varias patrullas de policia nacional les dan el alto. Se rompe el silencio al bajar el cristal, muchos coches en el arcén, sirenas azules ¿se habrá declarado alguna guerra? el agente me mira desconfiado y reclama la documentación del vehículo. Todo en orden, pero ¿y los papeles de los niños? No me lo puedo creer, los olvidé -No pueden entrar en Portugal indocumentados ¿y si no fueran suyos? Hay mucho tráfico de niños ¿porqué cree que estamos aquí?- Un par de inspectores de la brigada anticrimen se acercan, me miran una y otra vez pero tras mis ojos no está lo que buscan. Observan a los niños, les preguntan... -"Qué hacemos?" comentan entre ellos -"Se parecen mucho a ella, van a Lisboa..." -"Deberíamos retenerlos hasta identificarlos... Está bien, sigan, pero no se puede viajar así, tengan cuidado y no vuelvan a salir sin documentación". Nos alejamos divertidos. Curiosa manera de comenzar el viaje, bonita la sonrisa cómplice del policía que por un instante escapa de su papel de duro...

El bullicio de los niños me mantiene despierta en la telaraña de acceso a la ciudad. Atrás quedan 700 km negros, no los quiero ver más. Nos espera el Tajo, río silencioso que guarda todas las memorias bajo su manto argentino. Y las vuelca en el mar. Será por eso que me gusta tanto esta ciudad. Nos alojamos en la Alfama, el corazón más viejo y magullado, interminables escaleras de madera crepitante hasta el sexto que roza el cielo. Es la vivienda de una artista, libros de pintura se amontonan frente a una terraza sobre el río. Carboncillos que me recuerdan mi época de estudiante, sobre papeles amarilleados por los años, como recuerdos gastados de una vida pasada. Impresionantes vistas, Lisboa es nuestra. Bajo la manta negra salpicada de estrellas, el sueño viene a nuestro encuentro hasta que las campanas de una iglesia cercana nos anuncian el nuevo día...



Chavela Vargas - Paloma negra

De Madrid a Lisboa (II)

miércoles, 27 de enero de 2010

Lágrimas de Eros

El Museo Thyssen Bornemissa y la Fundación Caja Madrid nos muestran su lado más pasional en este recorrido por el erotismo en la historia del arte de los últimos 500 años. Artistas de toda índole dejan volar sus instintos en pinturas, esculturas, fotografías o vídeos: José Ribera, Rubens, Gustave Courbet, Picasso, Saura, Dalí, Richard Avedon, Man Ray, Andy Warhol, Bill Viola, Henri Rousseau...La ubicación en dos sedes responde a una diferenciación de criterios: mientran que el Thyssen nos muestra los peligros mortales de la pasión erótica, la Fundación Caja Madrid ilustra la erotización de la muerte.

La transgresión que da lugar al erotismo, constituye un elemento diferenciador del ser humano frente al mero impulso reproductivo del animal: en la expresión artísitica se desborda dando salida a una imaginación que la razón reprime, permitiendo integrar aquella sombra en la vida cotidiana. Prohibido prohibir, los sueños son libres. En eso se centra esta exposición, igual que el magnífico libro homónimo en que se basa. Siempre de la mano, Eros y Tánatos se pasean en estas obras hurgando en nuestra memoria, desempolvando secretos a los que nadie escapa. Bataille, autor del ensayo que da nombre a la muestra, concibe el orgasmo como pequeña muerte, anticipo de aquella que habrá de llegar después. Según él, la asociación entre sexo y placer se debe a la conciencia de la proximidad de un fin inevitable.

Diana y Escidion, Venus, La Piedad, María Magdalena, Apolo y Jacinto, bellas suicidas como Cleopatra y Ofelia, Adán y Eva... Hasta el 31 de enero. Más que el catálogo de la exposición, quiero recomendaros el libro de Georges Bataille Lágrimas de Eros (Barcelona, Tusquets Editores, 1997).

lunes, 25 de enero de 2010

La oveja negra

La noche pintaba bien. Tras las rasgadas cortinas negras del cielo dormido, sonreía la luna. Sara y Vicky la contemplaban mientras cantaban a pleno pulmón el repertorio apasionado que sonaba en la radio del coche. La carretera vacía se perdía en la sombra, como en aquella película de David Lynch, y volvía a aparecer sinuosa y oscura tras cada horizonte. Segura del camino a seguir, Sara pisaba firme el acelerador, y Vicky confiaba en su amiga. Al otro lado de la montaña les esperaba de nuevo la voz de Rebeca, que tocaba en un local de un pueblito de Segovia. Segovia una y otra vez, Sara ha de sucumbir al peso del recuerdo, sus manos tratan de aferrarse al olvido pero la cuerda se rompe de nuevo.

La amistad las arropa en la noche fría, las palabras no son necesarias para comprender el corazón, ambas han vivido circunstancias parecidas que las han hecho desarrollar aún más una sensibilidad fuera de lo común.

Kilómetros y kilómetros de complicidad, qué grande es el mundo. Parecen no llegar nunca a su destino, pero no importa si el camino es confortable. Tras aquella curva mentirosa aparecen al fin, sobre la loma, las casitas apiñadas de Cabañas de Polendos. Como en un pueblo fantasma, ni un alma da vida a sus calles apagadas, en las que el tiempo parece haberse congelado.

Recorren el laberinto empedrado sin hallar el local donde actúa Rebeca. Vuelta sobre vuelta, parece la broma pesada de algún perverso duende. Hasta que lo encuentran. Varios coches aparcados en la puerta lo flanquean, y una luz ambarina les da la bienvenida cual simpática luciérnaga. No puede ser, están en La Oveja Negra ¿es que todo ha de recordarle a él? Una vez dentro, la envolvente música las saluda, los ojos negros de Rebeca brillan al fondo de su profunda mirada, como el pelo oscuro bajo el que a veces se esconde. La melancolía flota entre el humo de los cigarrillos.


Como en un ensueño, Sara se deja mecer por la tristeza de esas letras desgarradas, hasta que un cartel colgado sobre la barra del bar la devuelve a este mundo: "llévate tu oveja negra por 4 euros". Cómo le hubiese gustado regalársela a él, ojalá las cosas hubiesen sido de otra manera. De nada sirve seguir lamentándose. Empieza a sentir frío en la garganta. Vicky lo adivina sin saberlo, y se acerca a su amiga con una copa de vino que arrastra la amargura a otro lugar. Falso Yo teñido de rojo, sangre hueca que quema las entrañas para arrojarlas luego al pozo helado del silencio. Pero ahora crea un espacio para encuentros y risas. Allí está el hermano de Vicky, Jaime, que las saluda con un tono entre divertido y pícaro. Nos presenta a sus amigos: "aquí mi hermana; aquí mi futura ex-mujer". Estalla una carcajada mientras Sara se queda petrificada antes de sucumbir a la alegría general, si todo fuera tan fácil... No hay sitio en su interior para nadie, él sigue allí aunque no esté, ella es su prisionera, cautiva de la ausencia, cautiva de la memoria traicionera, cautiva de nadie...
Ambas van a ver a Rebeca, brindan juntas por la amistad eterna "¿cuantos corazones has roto hoy, Sara? no lo niegues, seguro que unos cuantos", pregunta divertida Rebeca "No lo niego, el mío fue el que se rompió, aún ando recogiendo los pedazos perdidos entre la niebla".

En el camino de regreso a casa, la soledad no muerde como otras veces. Hoy Sara se siente acompañada, querida. Sus amigos velan por ella, aún en la distancia. Y colgada del retrovisor, la pequeña oveja negra se columpia al son de los recuerdos.


miércoles, 20 de enero de 2010

El tren se detiene...

Me encantan las estaciones. Sus enormes estructuras de hierro, los trenes entrando y saliendo lentamente, los viajeros de toda clase y condición deambulando de acá para allá. Despedidas y reencuentros. Risas y lágrimas. Abrazos e indiferencia... Hay mil detalles que acaparan la mirada: cristales rotos por donde se filtra el agua, rincones oscuros donde quizá habiten silenciosas criaturas, vigas de madera que se apilan en los andenes, edificios decadentes que parecen haber sido concebidos así, vías que se cruzan y entrecruzan en laberintos sin fin, viejos vagones abandonados... El tiempo que parece condensarse en forma de bruma que hoy vino a visitarnos, si pudiera hablar cuántas historias nos contaría. El ayer y el mañana parecen confluir aquí, en este espacio atemporal donde nacen y se disipan miles de sueños.

Necesitaba estar conmigo y no lo dudé un instante: fuera donde fuera, iría en tren. Miles de veces soñé con coger uno sin saber adónde iría, me dejaría sorprender por el destino, quizá por eso me perdí tantas veces, suspendida en mis ensoñaciones equivocaba la línea y me percataba de ello después de haber recorrido una considerable distancia... Ya no me sucede, ahora estoy aquí, donde yo decido.
Me gusta el traqueteo rítmico que me mece en mi asiento. Me gusta leer durante el trayecto. A veces prefiero escuchar las conversaciones de la gente, recuerdo hace algunos años, aquella entre una madre y su hija adolescente, su historia me hizo llorar: - Mamá, tienes que dejarlo, no puedes seguir haciéndote daño así... - Sí, hija, lo sé. Pero es tan difícil... Me siento tan vacía sin el alcohol...- Mi pequeño mundo se desvanecía, ante el dolor más bello.

El tren se va deteniendo, el 'buuummm... buuuuumm...' se hace cada vez más lento. Estamos entrando en Chamartín en este día extraño en que no acaba de amanecer. Y en medio de esta penumbra anodina, fantasmales edificios van quedando atrás: las gigantescas torres han sido decapitadas por la niebla. Mis ojos las buscan pero sólo encuentran un cielo espeso y opaco pintado de blanco. Me siento como la Chihiro de Miyazaki adentrándose en el túnel de aquél iniciático viaje. Atrás quedará una vida, como la piel de la serpiente, y crecerá otra con más color y luz.

El vagón se detiene. Las puertas se abren 'chsssssssss'. Tengo tantas escenas de cine en mi memoria... pero no echo de menos a nadie a la llegada, sólo quiero encontrarme a mí. Los pies toman tierra, siento de verdad ese suelo que llama a caminar. Recorro las calles de la ciudad mientras la lluvia se desliza por mi rostro y empapa mis cabellos, el frío no es muy intenso y recibo el agua como una caricia del cielo. Las luces de los coches brillan sobre el asfalto. El aire parece limpio a pesar de la bruma que arropa las azoteas. Los edificios sonríen. Las calles serpentean tratando de esquivar mil y una excavaciones, los peatones apenas alcanzan a seguirlas. Disfruto de cada paso, incluso sobre el barro: charcos, asfalto, tierra mojada... Me gusta el olor del aire cuando llueve, y el contacto de la brisa sobre mi cara, que mira hacia arriba como una planta sedienta, mientras cientos de paraguas multicolores caminan a mi alrededor. Un té humeante me espera en ese café, y hoy me regalaré el pecado más dulce, el de chocolate y avellanas. Me hundo en el cálido sillón rojo intenso que me espera al fondo de la sala... hummmm, qué parada tan reconfortante antes de seguir caminando. Fuera, el alegre bullicio salpica cada esquina. Los instrumentos de aquélla tienda de música parecen sonar al ritmo de la ciudad.

Calada hasta los huesos, feliz de poder sentir así, con aspecto de trágica heroína escapada de algún drama, me dirijo hacia mi objetivo: Las Lágrimas de Eros. No podía ser otro.


Concierto de Laura Granados

El sábado 16 de enero cantaba Laura Granados, ofreciendo un homenaje a Mercedes Sosa en el Rincón del Arte Nuevo. Por fin la volvería a escuchar, tras un año sin tener noticias suyas.

Maravillosa, como siempre. Su cálida voz de rosa y canela se rasga, y se estremece el alma. Se me eriza el vello en la piel, y de vez en cuando siento la caricia de una lágrima sobre mi rostro cansado. En su mirada valiente se adivina una belleza marchitada por la pena, que el alcohol no consigue acallar. Pizpireta, dulce y amarga, se refugia en el pequeño café, se refugia de una noche incierta que tras velos y velos de niebla oculta una verdad que es mejor no ver. Manos firmes sobre el piano, pupilas que sonríen agradecidas mientras el corazón llora... lo veo, lo siento, porque aquí y ahora su corazón es el mío.


Como un hadita negra se pasea por el local colocando piano, micrófonos, percusión... ajustando el sonido y elevando el humor de la concurrencia. Pero sólo cuando roza sus labios ese licor de ámbar que le cubre las espaldas, asoma en su cara una sonrisa que nos envuelve a todos.

Homenaje a Mercedes Sosa, diminuto escenario para diminuto cuerpecito. Ningún espacio sería suficiente para tan gran mujer. Como pez en el agua, su voz única se desplaza por registros imposibles, con una facilidad pasmosa. El humo gris parece desaparecer, un intenso color se apodera de todos los sentidos. No parece ser de este mundo. Como ángel que no encuentra el camino de vuelta, mientras canta parece elevarse sobre el suelo.

No me pienso perder un solo concierto suyo. Aunque empiece dos horas tarde, aunque el sonido no sea perfecto, aunque mis pulmones estén a punto de reventar por el tabaco que flota en la sala, aunque el ruido circundante trate de desviar nuestra atención. Me muero de ganas de oír nuevas canciones suyas, directas desde el corazón, pintadas por una inteligencia certera. Gracias, Laura.

lunes, 18 de enero de 2010

Las etapas evolutivas del niño

de Bernard Lievegoed

El gran Hermes Trismegisto dijo que “lo que está abajo es como lo que está arriba y lo que está arriba es como lo que está abajo”. Una vez más viene a mi encuentro esta verdad que lo dice todo. Ahora, en forma de un precioso libro que me cuenta cómo se desarrolla el niño, cómo la evolución es ascendente al tiempo que se hunde en las profundidades del abismo.

En crecimiento rítmico, como la planta goetheana, el niño baila con la Naturaleza, interioriza el Mundo, lo digiere y lo recrea; va desplegando su corporalidad y su psique mediante contracciones y expansiones, rellenándose los estratos profundos del alma con estas metamorfosis que lo alimentarán siempre.

En su sabiduría, la naturaleza va construyendo nuestro cuerpo a medida que necesitamos uno u otro órgano. El pedagogo ejerce un papel vital como observador de esta evolución tripartita del pensar-sentir-querer, pues será él quien determine si un niño está o no preparado para ir afrontando los sucesivos retos educativos. Sólo la comprensión pormenorizada de los aspectos relacionados con este desarrollo podrá establecer lo que la pedagogía debe aportar en cada momento: “cada cosa a su tiempo”, como una guía que de forma natural vaya conduciendo las tendencias y facultades que posee el niño. Como el jardinero que cuida un árbol, lo guía, lo poda un poco, lo alimenta… el maestro conducirá a sus alumnos a través de su sensibilidad y profundo conocimiento de ellos, para que todas sus energías se desarrollen, deviniendo cada uno un microcosmos a imagen del universo.

Su evolución podemos contemplarla desde muchos puntos de vista, desde el 3, desde el 4… lo cuál irá enriqueciendo nuestro concepto. Pero nunca hemos de perder de vista el Todo, éste siempre ha de prevalecer sobre una simple suma de partes. Inmersos en una sociedad totalmente fragmentada, superespecializada, en la que todo tiene su sitio y todos estamos perdidos, necesitamos recuperar aquella unidad educando a las nuevas generaciones con una pedagogía distinta, que abarque al hombre en su totalidad. Una pedagogía que sepa encauzar de manera positiva la inmensa capacidad creadora del ser humano, frente a la mera imitación al servicio de una inmediata productividad en la que casi todos nos hemos educado; imitación mecánica para una sociedad mecánica, donde se perdió de vista lo importante hace mucho tiempo.

Mi olvidado ouroboros despierta de su letargo y recupera el protagonismo, resurgiendo de sus cenizas con un nuevo brío, pues, como supo Schiller, tras la tempestad viene la calma.

Rebeca Jiménez en el Búho Real

Semana de música, he de llenar tantos espacios que quedaron yermos tras haberme sido arrancada el alma... El frío no se disipa de ninguna manera, parece que me hubiese tragado todo un glaciar. Algo he de hacer ¿qué mejor que la música?

Vamos a oír a Rebeca Jiménez al Búho Real, el jueves 14 de enero. Presenta nuevas canciones, de un proyecto que pronto verá la luz. Me gusta su voz, de rokera de siempre, heredera de Janis Joplin o Luz Casal, pero con esa impronta tan personal. Me gustan su música y sus desgarradoras letras. Belleza y serenidad emana el escenario bajo sus pies, belleza por dentro y por fuera. Sólo un interior puro podría reflejar esa luz sobre la piel, ese brillo en la mirada.

Tomamos una caña con ella y su banda antes del concierto, conozco a Mario y a Tony, guitarra y batería oficiales. Y tras la música pasamos largos momentos en su compañía, no está tan mal la noche madrileña. Descubro un corazón gigante disfrazado de bohemio en la piel de Tony Jurado, excelente músico, pero sobre todo, excelente persona. Trato de explicarle lo que es la Antroposofía, entre espirales de humo y alcohol. La noche y el día no son tan ajenos, prometo enseñarle el próximo mercadillo de la Escuela Micael, todos los niños deberían tener acceso a la pedagogía Waldorf... Espero que sea el principio de una gran amistad. Mario y Rebeca escuchan curiosos, la noche pasa de largo cuando no siento frío. Tony nos lleva hasta donde aparcamos el coche y al despedirnos me regala una darbuka ¡Qué ilusión! ya no tengo excusa para no practicar los ritmos africanos que aprendí este verano y que tanto me gustan.

Volvemos a casa entre risas, enseñaré a Ana a tocar el yembé y recorreremos el mundo al ritmo de los tambores... El frío va reapareciendo según llego a mi destino, los miedos se agazapan bajo el colchón y los recuerdos pegados a las sábanas me muerden sin piedad. El Reiki me ayuda a conciliar el sueño, caricia del universo... cierro los ojos y me duermo enseguida, arropada por el calor de la amistad, que siento a pesar de la distancia.




martes, 12 de enero de 2010

FRIEDRICH: El arte de dibujar

"Una pintura no debe inventarse, sino sentirse"

La fundación Juan March nos presenta esta exposición que inaugura un espacio felizmente renovado. Delicadeza exquisita, exhaustiva observación de la naturaleza a la manera de Goethe, y una fructífera sensibilidad, se despliegan entre los muros de un cálido recinto que nos abrió sus puertas hasta el pasado 10 de enero para hacernos el mejor de los regalos: los dibujos de Friedrich.

Me siento privilegiada por haber podido presenciar los 2 últimos grandes acontecimientos que han tenido lugar en Madrid en torno a la obra del maestro del Norte: en 1992, una espectacular retrospectiva de su obra pictórica se mostraba en el Prado. Por aquel entonces, acudía guiada por mis profesores de Bellas Artes, sin grandes expectativas.
Aún recuerdo cómo se me encogió el corazón ante la sobrecogedora visión de ese abrumador azul del Mar de Hielo. Sentí que me hallaba ante una imagen grandiosa, cuyos límites no terminaban en los bordes del cuadro. Mi alma, ávida de sensaciones sublimes, recorría embelesada la galería una y otra vez, expandiéndose con aquellos paisajes en los que reconocía al Dios que todos llevamos dentro. Entonces, Friedrich fue el pintor favorito de una parte de mí. Una y otra vez, su obra acudía a ilustrar conceptos de estética que sin ella hubieran sido más difíciles de asimilar: Lo Bello y lo Sublime de Kant, que tan fructífera semilla depositó en mi interior, se llenaba de sentido con aquellos paisajes románticos.

Como un tesoro guardo el catálogo de aquella exposición, el inolvidable azul en la portada. Años después retomo la vida y obra del maestro, pero desde otra perspectiva, la terapéutica. Ahora aquellas sensaciones toman nombre, adquieren otro sentido que el puramente sensorial y anímico. se ven envueltas y enriquecidas con un pensar lúcido que lejos de desvirtuarlas, les añade una nueva dimensión. Creo comprender qué le llevó a pintar esto o lo otro, trato de relacionar cada cuadro con acontecimientos de su vida, y el resultado de esta pequeña investigación es muy gratificante para mí.

Ahora tengo la oportunidad de ir a la fuente de aquellas obras. Porque Friedrich, el pintor de esa Naturaleza divina, poderosa y arrebatadora de la que todos nos sabemos partícipes, la rememoraba en su estudio. Sólo desde el fondo de su alma exquisita y profunda podía haber extraído aquella sublime impronta que aplicaba en sus óleos.

El inmenso repertorio de dibujos que había recopilado en los viajes de juventud, le sirvió de base documental para recomponer aquella estampa que ilustraba magistralmente esos procesos anímicos y espirituales. Cientos, miles de ellos. El amor por el detalle, la delicada observación, cualquier objeto es susceptible de ser sometido a un riguroso estudio "Lo divino está en todas partes, incluso en un grano de arena"... árboles, nubes, lagos... El paso del tiempo a través de las estaciones... El hombre inmerso en estos espacios... Variaciones de un mismo motivo, casi siempre procedentes de la observación directa, a veces resultado del pormenorizado trabajo de taller... La nieve, los riscos, el horizonte... Barcos envueltos en niebla que algún día llegarán a tierra, majestuosos robles abanderados del nuevo espíritu alemán, recios abetos que soportan estoicamente el peso de la nieve sin doblar una sola rama, ruinas que permanecen a pesar del devastador efecto del tiempo... Silencio, soledad, inmensidad... "Debo rendirme a lo que me rodea, unirme con las nubes y con las piedras, para ser lo que soy. Necesito la soledad para entrar en comunión con la naturaleza". Muchos de ellos los reconozco en los grandes óleos, y me entusiasmo como un niño ante un caramelo. Preparo mi cuaderno y mi caja de lápices, siento un enorme deseo de ponerme a dibujar ¿Porqué no en el próximo viaje?¿Será en Túnez donde despierte de una vez por todas esta capacidad que me acompaña desde siempre como un sueño sin descifrar?

Me queda el precioso catálogo, al abrirlo me embriaga el penetrante olor a tinta y a papel nuevo. Me queda mi propia mirada, que escudriña el cielo cada mañana en busca del nuevo sol que surge de las tinieblas desplegando su magnífica cola de pavo real sobre nuestras cabezas. Y que, día tras día, me recuerda que aún la más espesa oscuridad oculta una luz que acaba derrotándola una y otra vez.